Escribo pensando en la inmortalidad, en como vencer ese embrujo que te hace ser o no. Escribo pensando en dejar un legado, algo que hable de nosotros, de los que nadie habla. Escribo pensando.
Escribo, pese al frio que está haciendo. Escribo a pesar de que la estufa a kerosene se apague. Escribo y solo eso, no me detengo a pesar de que el techo de la cocina empezó a gotear y está mojando mis hojas, a pesar de los guantes, la campera y el gorro de lana que me tengo que poner para no congelarme en la cocina. Son más de las cuatro de la mañana, en cualquier momento suena el despertador de mi viejo que se levanta para ir a laburar .Voy a poner la pava y prepararle unos mates.
Escribo para superarme. Para superar el dolor. El dolor es la guarida de los cobardes. Yo no soy cobarde y esto que ahora siento no es dolor.
La mierda es mierda por donde se la mire. Y este barrio que no tiene nada que ofrecer, este barrio que es un pozo en el fin del mundo, profundo pozo, negro y oscuro pozo. Un desierto en medio del desierto, una montonera de almas sin nada para hacer, que pasan sus días viendo como se les pasan.
Este es mi pueblo, mi barrio, mi ciudad. Un lugar donde nunca pasa nada, un lugar donde la gente pasa su vida tratando de tener una.
La tragedia siempre es gris. Siempre. Y estar enterrado en este culo del mundo me llena de ira. ¿Qué se hace?, ¿cómo?. Domingo. Hace un rato dejo de llover. Mi viejo mira los doce del patíbulo en silencio, mi vieja plancha en la mesa del comedor sobre la frazada doblada que esta toda manchada de tanto plancharle encima. Mi hermana va y viene por toda la casa gastando la energía que le da su edad, inconsciente del afuera que nos devora.
Salgo a caminar. Miro mi horizonte más cercano. Seis cuadras. El Reconquista reposa a nuestro lado siempre amenazante. Después de una tormenta como la que acaba de pasar, lo más lógico es que este de bote a bote, a un balde de desbordar y meterse en las casas.
Bajo por estrada hasta Dastugue, miro el ir y venir de la gente allá en la orilla del rio. Nada me dice que se está desbordando. El barrio está tranquilo. En la remisera del barba los muchachos toman mate en la vereda sin mayores preocupaciones. Buen síntoma.
De todas maneras pienso en ir hasta Zapiola, a la casa de los tíos para ver que todo esté en orden. Pienso un segundo. El sol está asomando. Supongo que un poco de fortuna a este lado del mundo no le viene nada mal. Aunque en este lugar del mundo, más que tener buena fortuna, lo que se hace es un curso intensivo para esquivar desgracias. La normalidad tiene otro sentido. Acá uno se acostumbra a vivir con las goteras, las manchas de humedad en las paredes, los pisos de cemento casi como un lujo. En este minúsculo grano del universo, estrenar una camisa un sábado a la noche, es por poco un acontecimiento familiar. La normalidad acá es otra cosa.
Salir de casa cuando llueve es una mierda. Se te entierran los pies en el barro, casi una metáfora de la vida que llevamos. Las tres cuadras hasta Dastugue son un parto. Hay que ponerse unas bolsas de nylon arriba de las zapatillas y atarlas a los tobillos para que no se ensucien. Cuando llegas al asfalto te las sacas y las dejas ahí. En esos días hay montañas de bolsitas en la parada del bondi.
Paso del Rey es un laberinto traicionero. He visto mucha gente llegar, pero pocos han podido salir. El asunto es ese, todo el mundo sabe por dónde se llega, pero no siempre, por donde se sale.
Paso del Rey es eso, te muestra sus calles como venas hinchadas; sus secretos y milagros de plegarias no atendidas, se muestra toda, como una amante dispuesta, pero a la vez se esconde y te envuelve con esas fragancias que huelen a pena y que con el tiempo se transforman en algo tan tuyo como tus huesos.
Me interesa la palabra por encima de todas las cosas. Soy un poeta del silencio, soy el último de los poetas malditos. Escribo y solo eso se hacer. Las manos me sangran y me arden si no lo hago. Tengo una banda y escribo sus canciones. ¿Soy un poeta del rock? No, soy un fantasma en busca de una buena razón para seguir atravesando paredes. No puedo sostener la velocidad del giro, es demasiado vértigo para mí. Voy a escribir para poder descansar en paz.
Apeiron está sonando tremendo, cada vez mejor. Siento que tocamos de memoria, un violín, como el Racing de Capa. En la sala de gato ahora nos mirar con otros ojos después de la noche del debut. La colmena estaba que explotaba y los pibes se portaron de primera, corearon, pidieron bises. Increíble. Cuando terminamos, Cris se me vino encima y me dio un abrazo, Ese abrazo lo tengo guardado en mi caja de recuerdos especiales. El maestro aprobó a su alumno.
El loco se fue sin saludar. Salió y no se despidió. Se subió a una moto que no era suya, y con la urgencia de saber que la parca le besaba los talones, se escapó para no volver. Hay quienes vieron algo y lo contaron, hay quienes lo vieron todo y aún se mantienen en silencio, como negando sus ojos. En la entrada del Argentino de Merlo, a metros del puente, un auto lo tocó, la moto se sacudió. Todo lo demás es para la anécdota, gente que se acumula a su alrededor, una ambulancia que no llega, un patrullero que aparece y lo lleva al hospital.
